Cuando todo parece del color más oscuro, cualquier chispa de luz es suficiente para continuar. Marcados por sucesos más allá de lo normal. Ángeles. Demonios. Secretos y pasados inciertos, ¿sabes en quién puedes confiar?

jueves, 2 de mayo de 2013

Capítulo 1 — Who is afraid of the big bad wolf?

Si alguien le hubiese preguntado cuanto tiempo llevaba andando por aquella carretera, seguramente hubiera roto a llorar. Habían pasado meses, según su parecer, sin embargo habían sido sólo un par de días. Un par de días sin dormir, ni comer. Era cuestión de vida o muerte que parara en el siguiente pueblo o forma de vida civilizada que encontrara a su paso o no podría contarlo.

Enfocó al encontrarse con una forma cuadrada en el camino y vislumbró un cartel que decía “Bienvenido a Welby”. De pronto, un repentino impulso de abrazar aquel chisme le invadió de pies a cabeza. No había estado tan feliz de ver un cartel así en toda su vida.

Pequeña idiota. Había salido de Elbert hacía un par días con la seguridad de que las reservas de su mochila serían suficientes como para llegar hasta Thornton sin tener que parar en ninguna parte. A pesar de que con el tiempo se había acostumbrado, sus caminatas a pie de carretera se le acababan haciendo algo cuesta arriba. Pensaba a menudo en su Kawazaki, y se arrepentía de haberla dejado en aquella gasolinera, en ese momento no le parecía tan mala idea que la policía le buscara por robo.

Comenzó a escuchar el bullicio del pueblo junto a alguna melodía de alguna radio encendida y se sintió sorprendentemente reconfortada. Alzó los brazos sobre la cabeza y estiró haciendo que su espalda emitiera un par de sonidos sordos y algo desagradables. Notó su querida y afilada compañera rebotándole en el muslo, el frío del metal le hacía estar algo más despierta. No sabía muy bien qué hora era, no era la típica que se fijaba demasiado en ello. Juraría que por la posición del sol y por la cantidad de gente que había, era algo más tarde de las seis de la tarde.

El refulgir de la fachada de la cafetería que tenía en frente le hizo fruncir el ceño con desagrado. Estaba en tan mal estado que parecía que sufría la resaca de varios días de fiesta.

Entró en aquel sitio y las campanillas le hicieron subir la mirada con curiosidad. Una muchacha, no mucho más mayor que ella, rubia y con bolsas en los ojos, le dio la bienvenida y la miró con condescendencia al ver las pintas que lucía. Clare se esforzó por devolvérsela y dejó caer su peso muerto sobre unos sillones de una de las mesas vacías. Puso la mochila bajo su barbilla y cerró por un momento los ojos con la intención de descansar por un momento.

La calidez que el sol le aportaba le daba ganas de enrollarse sobre sí misma en aquel asiento  como si fuera un gato y dormir por lo menos durante los próximos dos meses. ¿Por qué había sido tan estúpida? Ahora que no tenía a nadie que cuidara de ella, tenía que ser algo más responsable si quería sobrevivir. Muchas veces se entretenía contando todos los errores de su vida, y uno de ellos era el haberse marchado de su casa de ese modo. Walter, su padre -padrastro-, debía estar realmente preocupado, aunque todavía no había visto ninguna señal de que la anduvieran buscando.

Podría haberle contado lo que se proponía, pero… Todo era tan raro últimamente que no sabría muy bien cómo empezar a explicarlo. Los últimos tres años se había pasado la mayoría del tiempo debatiéndose su existencia. Era todo lo contrario a normal. No era una chica del montón. Porque si lo fuera, no sería capaz de hacer las cosas que hace. Era algo que le impresionaba pero que a la vez le aterraba. Incluso se había planteado el hecho de que había matado ella misma a su madre, que aquel horrible incendio había sido culpa suya, sin embargo todavía era muy pequeña como para provocar semejante cosa. ¿Y si su padre había huido al saber su naturaleza? Demasiadas preguntas y nadie dispuesto a contestar.

Sin embargo, desde aquella carta, todo había sido distinto, por fin sabía algo más que “Clare, querida, no fue culpa tuya. Fue un escape de gas y un cigarro mal apagado, y tu padre… Tu padre era un inútil, y si no quiso quedarte para criarte él mismo, él se lo pierde.” La voz de Walter todavía sonaba alta y clara en su cabeza, y eso que había pasado más de un año desde la última vez que supo de él.

De pronto, la dulce voz de la chica hizo que Clare despertara de sus ensoñaciones mirando a todas partes con aquella expresión de animal asustado. La chica parecía algo confusa.

— ¿Qué? — preguntó Clare parpadeando un par de veces para contemplar la figura de la muchacha con nitidez. Su voz ya no parecía estar a kilómetros de ahí.

— Decía que si has tenido un mal viaje. – Contestó con culpabilidad en la mirada. La sonría que lucía se apagó de pronto. – Perdona, no pretendía molestarte. – Clare negó con la cabeza y se frotó la mejilla con la mano, escondiendo una pequeña sonrisa.

— No te preocupes, estoy algo densa. – dijo soltando algo de aire. – Ahora que lo dices… sí, ha sido horrible. Este sitio me ha salvado la vida, y si me pones algo a lo que poder hincarle el diente, entonces tú también me la salvas… Kimberley. – continuó leyendo el nombre en la placa de cristal que adornaba su uniforme. La chica parecía sorprendida ante sus palabras y volvió a sonreír con ganas.

— ¿Con qué te puedo salvar la vida?

— Algo que sea comestible me sirve. – volvió a bromear. – Pero unas tortitas y un batido sería estupendo, gracias. – Kimberley se alejó con la sonrisa todavía en el rostro y Clare volvió a perder la mirada en el cristal, deseando no quedarse dormida para cuando volviese con la comida.

Las campanillas volvieron a sonar un par de veces más, pero Clare estaba demasiado ocupada intentando mantener los párpados abiertos. Se apretó la parka color caqui, algo raída después de tanto tiempo vistiéndola y se acomodó en su mochila de nuevo, evitando su revolver para no tener algún accidente.

Aquel último año había sido realmente extraño y cansado. No había parado de pensar en su madre, sabía que aquel incendio tenía algo que ver con sus poderes, algo que ver con todo aquel mundo que no conocía, y sobre el que decidió saber más al respecto.

Se inundó entre libros sobre todo tipo de fenómenos paranormales, buscó información acerca de otros cazadores, técnicas, cualquier cosa que le sirviera. La capacidad de aprendizaje de Clare era sin duda sobresaliente, así que en poco tiempo podría enumerar en orden alfabético las maneras de matar cualquier criatura paranormal desde amazonas hasta zombies. Sin embargo, le faltaba la práctica.

Al principio le costó adaptarse, pero no pasó demasiado hasta que Clare pudo llamarse a sí misma una cazadora hecha y derecha. No tenía nada que envidiarle a cualquier otro cazador, tenía toda la experiencia que necesitaba tanto teórica como práctica, y cuanto más tiempo pasaba, más aprendía. No tardó demasiado en disfrutar de lo que hacía, y se convirtió en su pasión.

Tenía que llegar a Thornton al día siguiente, había llegado a sus oídos que un asesinato doble se volvía a repetir en el mismo sitio, una semana después del anterior. Era el tipo de caso que le iba, y como no, haciendo alarde de su curiosidad, decidió ir a investigar.

El olor a tortitas recién hechas le dejó la mente en blanco pudiendo sólo pensar en llenarse el estómago con algo de comida. En cuanto Kimberly desvió la mirada, Clare se lanzó sobre el plato como si no hubiera mañana, y no paró hasta que quedó completamente vacío.

Cuando sintió que era capaz de levantarse para volver a la marcha, se echó la mochila al hombro y dejó la cuenta y algo de propina sobre el mostrador.  Salió a buscar algún lugar donde dormir y después de encontrar un motel de tres al cuarto no muy lejos de ahí, entró en su habitación con ganas de poder descansar a gusto de una vez por todas.

Sabía que robar no estaba bien, pero aquel motín que guardaba en la mochila había sido por una buena causa. Echar mano de la magia de vez en cuando para esas cosas tampoco era tan malo al fin y al cabo.

Al día siguiente salió de aquel lugar a primera hora de la mañana, sin perder ni un sólo minuto. Se había propuesto llegar a Thornton para cuando se hiciera la hora de comer. Después de la comida y la noche de descanso se sentía mucho mejor, aunque una persona normal no hubiese podido dar dos pasos en el estado que estaba.


No recordaba Thornton tan grande y ruidosa. Se acomodó la mochila y su espada volvió a golpearle la pierna. Aunque muchas veces se preguntaba por qué la seguía llevando con ella, nunca encontraba las razones suficientes como para dejarla atrás. Se había encariñado con aquel trasto, parecía tener vida propia.

Sacó sus anotaciones y encontró entre ellas una dirección, el lugar del ataque. Por lo visto un ser había pillado por sorpresa a un par de críos un par de noches atrás y no había sido algo normal, uno de ellos había aparecido descuartizado y el otro seguía desaparecido, sólo a una semana después de que algo similar ocurriera a pocos kilómetros de ahí. ¿Quizás un demonio haciendo de las suyas?

Clare planeó su táctica en su recién adquirida habitación, mientras ordenaba todos los libros encima de su cama y colocaba su portátil en el hueco que quedaba. Cada demonio tenía su marca. Había estudiado miles de veces toda la jerarquía demoníaca, había clases de demonios, algunos tenían como ciertos... fetiches. Tan arrogantes como de costumbre, a veces aquello les delataba.

Toda aquella ferocidad en el ataque, la forma en que se presentaba el cadáver... Lo había visto o leído antes en alguna parte. Pensó unos segundos y entonces la bombilla se le encendió. Estaba casi completamente segura de lo que era. Algunos testimonios decían que habían visto una especie de animal, feroz y de ojos brillantes y de un tono rojizo merodeando por los alrededores. Eso acabó de convencerla en su veredicto, y sabía perfectamente cómo enfrentarse a él. Aquellos demonios, a pesar de ser muy fuertes, no eran demasiado listos. Su plan estaba a punto, sólo necesitaba esperar a la noche.

Así pues, en cuanto el sol se ocultó tras el horizonte y no entraba más luz por la ventana que la de la propia luna, Clare saltó de su sitio y se preparó armándose de arriba abajo. Se ató bien las botas, se recogió el pelo en una cola de caballo y se aseguró de que su espada estaba bien afilada. Una vez obtuvo el resultado que quería y después de ver su sonrisa triunfal reflejada en el filo plateado, la enfundó y salió dispuesta a no volver a casa hasta tener en su mano la cabeza de aquella maldita cosa.

No hay comentarios:

Publicar un comentario