La noche se colaba entre cada rincón de aquel sórdido y vacío lugar. Parecía que nadie lo había pisado en años, y tampoco parecía tan descabellado. A pesar del silencio mortal que lo rodeaba, algunos sonidos se asomaron de pronto tras unos arbustos. Alguien andaba haciendo guardia.
— Se me acaba la paciencia. ¿Estás seguro de que era aquí? Sólo veo un montón de nada. — preguntó una voz en mitad de la oscuridad.
— Dean, es la cuarta vez que te lo digo. Sí. Y deja de quejarte, llevamos menos de diez minutos esperando. — contestó otra voz, soltando un suspiro irritado al acabar la frase. — Eh, mira.
Una silueta oscura pasó se movió tras unos árboles algo más adelante. Dejando la protección del bosque, por fin aquella sombra tomó forma visible. Sus ojos, de un color anaranjado contenían unas pupilas finas y alargadas, como las de un felino. Un patrón se dibujaba a lo largo de su cuerpo y sus manos acababan en unas afiladas garras que ponían los pelos de punta.
— Saca el diario. — murmuró una de las voces, intentando hacer el menos ruido posible. Sin embargo, el oído de aquella cosa era demasiado fino. — Yo intentaré despistarla.
La criatura mostró una sonrisa ladina y ladeó la cabeza. Movió casi imperceptiblemente su mano, y uno de los dos muchachos salió por los aires con fuerza, y acabó en el suelo a un par de metros de donde se encontraba.
— Vaya, si tengo compañía. — gruñó la criatura rodeando al chico en el suelo con un caminar lento y sigiloso. Él se retorcía, intentando deshacerse de una fuerza invisible que le apretaba el cuello.
— ¡Dean! — gritó el otro chico saliendo temerariamente de su escondite. Con paso firme se acercó hacia el ser que seguía rodeando al chico en el suelo sin hacerle demasiado caso y comenzó a leer algunas palabras en latín de un libro que sostenía en las manos. El animal se limitó a sonreír en silencio. El muchacho tragó saliva de forma sonora y mantuvo la mirada con un ápice de nerviosismo.
— Oh, siento arruinarte el numerito. — volvió a murmurar y sus ojos parecieron volverse un tono más rojizo. Se giró hacia él y su sonrisa dejó al descubierto sus afilados y brillantes dientes. El chico hizo una mueca y dio unos pasos atrás. — No soy de esos. ¿Ya no tienes más trucos?
En ese instante, el chico que estaba en el suelo consiguió deshacerse de aquella fuerza que lo retenía y nada más sacar su arma apretó el gatillo tres veces seguidas sin que el pulso le temblara un milímetro. El ser boqueó un par de veces y al instante se desplomó en el suelo, con la mirada perdida.
— No lo entiendo, todo cuadraba con la primera teoría… Estaba casi completamente seguro ¿Por qué no le afecta el exorcismo? — comentó el otro muchacho mirando el diario con el ceño fruncido.
— Sea lo que sea, muerto el perro se acabó la rabia. — Miró el cuerpo inmóvil del animal e hizo una mueca de desagrado. — Creo que deberíamos quitar esta cosa de aquí o alguien se llevará un susto de muerte.
Ambos dieron la espalda al cadáver, completamente seguros de que habían acabado con aquella cosa. Cuando todo parecía tranquilo, una fuerza descomunal arremetió contra uno de los chicos, hundiendo una de sus garras bajo su piel. Él ahogó un alarido de dolor mientras trataba de deshacerse de su captor. El muchacho que aún quedaba libre trató de ayudarle, sin embargo aquella cosa se lo quitó de encima de un zarpazo como si fuese una miga de pan.
— ¿Y vosotros os llamáis cazadores? — comentó la criatura con sorna. Su risa socarrona resonó por todo el lugar. Mandó con fuerza al muchacho del suelo contra uno de los árboles con un simple movimiento mientras, el chico que todavía conservaba las afiladas cuchillas del animal debajo de su omóplato trataba de resistirse a toda costa.
— Hola, cariño. — emitió una voz lejana acompañada del filo de una espada que silbó al contacto con el viento. La criatura se dio la vuelta confusa, no esperaba compañía. Frunció el ceño y enfocó a la figura que se escondía entre las sombras. — Ya estoy en casa.
Avanzó unos pasos para encontrarse con la flamante luz de la luna que hizo que su espada y su sonrisa brillaran. Sacó su pistola y casi sin pestañear disparó al infernal ser directamente en el hombro. De su herida comenzó a brotar un líquido similar a la sangre, algo más espesa y oscura. La criatura dio un alarido y dejó caer al muchacho que sujetaba. Volvió su mirada a la chica que tenía en frente, con la rabia ardiendo en sus pupilas y la esperanza de hacerle pagar por aquello.
— No sabes dónde te has metido, niñita. — sentenció. Su voz se volvió grave y desagradable a la vez que su apariencia se volvía de lo más tétrica. Abandonó su aspecto medio humano, y sus curvas algo femeninas tomaron la forma de una bestia de cuatro patas, oscura y deforme. Sus ojos, ovalados y salidos de sus cuencas, comenzaron a brillar con un fulgor rojizo. Clare amarró su espada con las dos manos y ladeó la cabeza. No era la primera vez que veía un bicho tan feo.
— Créeme, lo sé. — comentó antes de correr el tramo que las separaba. Arremetió su espada contra aquella bestia y esta se hundió en una de sus patas, haciendo que volviera a aullar de dolor, aunque esta vez el bramido sonó de lo más horripilante.
La herida que había dejado el filo de su espada humeaba, sin embargo no había sido un golpe mortal. Clare respiró hondo, sin apartar la vista ni un segundo de su contrincante. Sabía su punto débil y tenía que alcanzarlo como fuera.
Ambos se miraban a los ojos con la rabia latente en ella como un clavo ardiendo. La respiración agitada de Clare le dificultaba el pensar con rapidez y su sonrisa le había abandonado. Tenía que pensar más rápido, se le acababa el tiempo, no parecía dispuesto a darle mucha tregua. La bestia emitió un gruñido y se abalanzó con fuerza contra Clare.
Ella trató de esquivarlo, pero no consiguió ser lo suficientemente rápida y las largas uñas rasgaron su hombro, dejando en él unas profundas y sanguinolentas marcas. Clare se arqueó de dolor, notando como un pinchazo agudo le atravesaba el cuerpo de arriba abajo.
Frunció el ceño, tragándose el dolor y con una mano nada más para acabar con aquel ser, se puso en pie. Seguía sin soltar su espada, con las fuerzas que le quedaban cargadas y a punto para atacar.
—Valiente, ya veo... — aquellas palabras ponían los pelos de punta. Los demonios no solían tener una voz demasiado agradable, por lo menos en su forma original. Clare se rió, necesitaba ganar tiempo para idear una estrategia nueva. No contaba con aquella herida que todavía le agarrotaba la espalda. No podía pensar, necesitaba concentrarse…
De pronto un estrépito despistó a ambas rivales de su batalla. Aquel chico cuyo omóplato seguía sangrando había disparado al aire para darle algo de tiempo a la muchacha. Rápidamente, y con su espada en ristre, se acercó hasta aquel monstruo aprovechando su confusión y hundió su espada con todas las fuerzas que le quedaban justo detrás de la cabeza. El animal se estremeció y emitió su último y desgarrador bramido.
— Bon voyage. — sentenció Clare antes de retorcer su espada para asegurar su estocada. El ser, por fin sin vida cayó inerte al suelo. Clare seguía a lomos de la criatura cuando se dio cuenta el silencio que se había apoderado del lugar. Miró a ambos chicos y ellos la miraron, sin saber muy bien como comenzar una conversación en aquella extraña situación.
Bajó del animal y dio unas palmadas en su costado con un gesto de satisfacción en la cara y tomó aire intentando recuperar la calma.
— Bicho malo nunca muere. — comentó pasándose la mano por la cara. — o por lo menos no se va sin dar un rato el coñazo. Maldita zorra. — dijo riéndose en silencio. Limpió la acuchilla de la espada en el pelaje inmóvil de la criatura y la envainó en su funda de nuevo. — ¿Estáis bien?
Ambos muchachos parecían todavía algo confundidos, y a pesar de tardar un par de segundos, uno de ellos asintió. Era evidente que no estaban bien, su cuerpo estaba lleno de magulladuras y heridas de garras, y sus ropas cubiertas de su propia sangre.
— ¿Quién… quién eres? — dijo el chico del omóplato en mal estado.
— Me llamo Clare. — contestó ella extendiendo la mano, aunque el chico la miró de reojo y volvió a mirarla a los ojos con cierto la mirada firme e inexpresiva.
— Dean. — dijo al cabo de unos segundos. — Este es mi hermano, Sam. — el chico de detrás alzó la mano y sonrió débilmente a pesar del estado en que se encontraba. — ¿Qué haces aquí?
— Asegurarme de que no daba más problemas. Llevo días tras ella. — dijo dándole un puntapié a la masa de pelo negro que ahora parecía una parte más del paisaje.
— ¿Eres…Una cazadora? — preguntó Sam sorprendido. — Vaya… ¿No eres un poco…?
— ¿Joven? — acabó ella alzando una ceja. No era la primera vez que lo oía. — Es posible, pero acabo de salvarte el culo. — advirtió sonriendo levemente. — Alguien va a tener que miraros eso, y por mi parte…
Era la segunda vez que recaía en la herida que le cubría gran parte del hombro y que había comenzado a supurar. No tenía muy buena pinta. Suspiró acercando la mano para examinar la gravedad. Se mordió el labio reprimiendo el dolor y notó algunos pedazos de tierra, junto con otras cosas que no le apetecía demasiado averiguar.
— Creo que puedo arreglarlo. — dijo limpiándose su propia sangre en la ropa. — ¿Estaréis bien sin mí? Tengo algo de prisa. — Cualquier excusa era buena para seguir su camino, y aquella era su preferida. No le gustaba establecer relaciones y menos con los que sabían manejar armas.
— ¿Te marchas? — preguntó Dean sorprendido. — Acabas de matar a un jodido demonio, o lo que quiera que sea esta cosa, tienes un corte en el hombro del tamaño del cañón de Colorado ¿y te marchas como si nada, por tu propio pie? – Clare se encogió de hombros asintiendo débilmente.
Dean apretó los labios y asintió lentamente admirando la conducta de la chica. Clare sonrió de nuevo y se giró dispuesta a continuar su camino.
— Ha sido un placer. Tened cuidado por ahí, cazadores — se despidió antes de desaparecer entre la espesura. Aunque no quisiera admitirlo, se sentía algo mejor después de saber que había ayudado a otros cazadores.
Ambos hermanos la miraron marcharse e intercambiaron una mirada de sorpresa. Lo que había pasado realmente no era cosa de cada día, y eso que su rutina se alejaba bastante de lo normal.
No sólo no habían podido terminar con aquel bicho ellos mismos, sino que una adolescente les había salvado el pellejo y sin ningún tipo de explicación se había largado por dónde había venido. Dean levantó una ceja todavía con aquella cara rondándole el pensamiento. Hizo una seña a su hermano y este asintió siguiéndole al instante. Tenía la sensación de que no sería la última vez que se encontrarían.
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